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miércoles, 8 de julio de 2015

De cómo (de repente) me volví atea militante.


Antes que nada, aclaro: esta experiencia es totalmente anecdótica. No me pidan hipótesis ni definiciones. Ya salí del posgrado y ustedes no ponen dieces.

Si algo aprendí cuando hice mi tesis de Maestría es que la militancia –por lo menos la religiosa o antirreligiosa – te pone muy idiota. Así.

Tal como me comentó una profesora, cuando eres activista en un grupo sueles ver la realidad con unos lentes puestos, los cuales te hacen ver lo que tú quieres y ocultan lo que no te gusta.

Pues bien. La verdad es que también he tenido mi historia de militante, pero de todo el activismo en el que he participado, el ateísmo militante es el que me pareció más guango y pueril. Así, como va.

Me explico. El activismo al que me acostumbré fue político, específicamente el tendiente a la izquierda (muy). Participé en un colectivo anarquista que simpatizaba con el Frente Zapatista de Liberación Nacional y una de las actividades en las que me involucré fue precisamente acudir a los entonces llamados “Aguascalientes” zapatistas en Chiapas. 


Viajábamos en grupo, en autobuses destartalados, con poco dinero y escaso alimento; mal dormidos, mal comidos y maltratados insistentemente por el Ejército mexicano que nos detenía a cada rato para esculcar nuestras cosas mientras aguardábamos pacientemente y quietecitos, pues nos apuntaban con armas de grueso calibre. Y mentadas.

Tanto en el Aguascalientes I (La Realidad) como en el Aguascalientes V (Roberto Barrios) tuvimos experiencias de este tipo. O nos apuntaban con sus tartamudas o nos rodeaban nomás por los lulz; o bien, nos asustaban con vuelos rasantes en la comunidad mientras cortaban la energía eléctrica. El Ejército siempre tenía algo divertido qué hacer para tenernos con el Monesvol en la boca.

Eso sí: a la hora de trabajar todo quedaba atrás y nos organizábamos para llevar a cabo las discusiones y exponer los resultados. Recuerdo bien que los propios compas no permitían que nos quedáramos sin comer o sin un lugar dónde dormir; nos amontonaban como fuera pero todos teníamos asegurada una tortilla al menos. 

Llegué a viajar casi 30 horas de corrido nada más para llegar a los encuentros zapatistas; al regresar escribía las denuncias o las memorias y en alguna ocasión se logró la publicación en la revista El Chamuco. De ahí que la SEGOB me puso en la mira. O al menos eso le dijo el entonces gobernador Loyola a mi mamá. ¿Miedo? Ni que fuera Jalogüin. Yo le seguí al activismo en mi rancho.

Pero como a todo momentum le llega su pared, el Frente Zapatista perdió fuerza y cayó en el olvido. En el ínter me convertí en mamá y pues ahí quedó el cuento.

Esa es la militancia a la que me acostumbré: con riesgos, acoso, participación, entrega, patadas, compromiso. Y mucha pinche diversión.

Un buen día un contacto del Feisbuc me solicitó ayuda para traducir un video de ateísmo del inglés al español. Me comentó que el asunto era de a grapa pero que incluirían mi contribución en los créditos del video. Pues va. 

Poco a poco me fueron pidiendo más ayuda para hacer lo mismo y con gusto traduje en mis ratos de ocio, realmente no me quitaba mucho tiempo. Y por supuesto, ya que subían los videos a YouTube solía compartirlos en el Feis y publicar boberías de ateísmo.

Un buen día, Daniel Zepeda “[Pa]pá E[Sc]éptico”, el moreliano inmortal, nos invitó a su cumpleaños. Fui a Morelia con Judith y nos reunimos con Ángel Bravo. Ya después llegó Zepeda y convivimos un rato con él. Fue en julio de 2011. Ya de regreso, ofrecí a Judith y a su marido llevarlos a la terminal de autobuses de Querétaro para que su regreso a Chilangolandia fuera más leve. 


Manejaba yo tranquilamente cuando Judith se soltó hablando como hilo de media y me dijo que estaba muy contenta por mi colaboración en la traducción de videítos de YouTube, que “ese activismo era muy importante para el ateísmo”. 

Recuerdo que giré mi cabeza despaciiiito y la miré buscando algún gesto de sarcasmo, risita burlona, qué sé yo. Pero no. Enarqué las cejas. Mis cejotas. Mis ojos como platos. La mujer hablaba en serio. “¿Activ… qué? ¿Eso? ¿Yo? 



¿Eso de qué va? ¿De qué se trata? ¿Cómo es posible que una aportación pírrica, perdida entre millones y con escaso alcance se considere activismo? ¿Cómo es que una persona de la noche a la mañana ya es considerada activista sin habérselo propuesto, sin haber un mínimo de organización - ya no digamos consenso- en una agrupación limitada, amorfa, nada comprometida e indisciplinada? Ni siquiera es “Comunidad”.

Ya no supe ni cómo pero de repente ya me consideraban (sí, los demás) atea militante. Y bueno, pensé, una raya más al tigre. Si de lo que se trata es de colgar videos, publicar en Feis, ir a comiditas y hacerse pendejo, no le veo el problema.

Claro, todo eso lo pensé. Ya en mi soledad reí y reí y reí. A decir verdad, hasta la fecha me sigo riendo del ateísmo militante y es por lo siguiente:

A lo largo de esa breve temporada en la que participé en el –según esto- ateísmo militante, me di cuenta de que una de las actividades que más gustaba a los ateos mexicanos que conocí era quejarse de discriminación y alegar -y alegar y seguir alegando y alegar más- buscando cómo “defender” al discriminado. Duro y dale con lo mismo. El “mercado de lágrimas” le decía yo:


“Es que mis papás me regañaron por ser ateo”, “mi novia quiere que me case por la iglesia”, “mi mamá me obligó a hacer la primera comunión”, “mi pareja quiere bautizar al bebé”, “cuando fui al registro civil me preguntaron por mi religión”, “mi abuelita me regañó y me obligó a ir a misa”, “los Testigos de Jehová me molestan a cada rato”, “mi hermano me eliminó de sus contactos del Feis porque dije que no creo en Dios”, “mi novio es creyente, qué hago”, “mi marido no quiere que yo sea activista”

Y cosas de ese tipo. A eso le llamaban discriminación.

No me voy a meter en una discusión conceptual que me llevó seis meses organizar, pero una cosa sí les digo: JA. Eso no es discriminación. Son roces normales que se dan en cualquier familia, con cualquier pareja y en todo grupo social.

Se pueden quejar lo que quieran de una intolerancia light, de que les dejan de hablar o de que los demás se los cagotean por ser ateos, pero de ahí a que sufran agresiones físicas, que los acosen – acoso real, no que les manden mensajes privados por el Feis diciéndoles que se van a ir al infierno - o un día amanezcan muertos por eso; o bien, que alguna dependencia de gobierno no les quiera atender por ser ateos… hay una distancia bien pinche grande. Lean las noticias del mundo árabe. Allá sí está bien cabrón.

México no es un Estado Teocrático. Hay mucha guadalupana y harto sanjudero pero si se fijan bien, a la mayoría de la gente le vale madre que no creamos en dioses. Pueden (sobre todo en Feis o Twitter) discutir CON MUCHAS MAYÚSCULAS, vociferar, señalar, amenazar con que Dios nos va a castigar y un largo etcétera pero después de eso… la vida sigue. Todos seguimos viviendo, seguimos siendo ateos, seguimos teniendo nuestras cuentitas en redes sociales desde las cuales se puede ser ateo cómodamente militante, cerca del refri, usando como arma el afilado y amenazante teclado de la compu… porque en eso consiste, ¿no? En darle “me gusta” a mamada y media.

Mi opinión: realmente no considero que sea necesario el ateísmo militante en México. 

Fuera de hacer el Congresito, de intentar fondear espectacularateos, de reunirse en comidas y cenas invitando a vacas sagradas o irse a chupar alcohol como esponjas, ¿qué se ha hecho? ¿Qué carajo es lo que necesitan? ¿Hacerse escuchar? 

Perfecto, pero viene la pregunta del millón de dólares: 

Además de ustedes, ¿a alguien más le importa? 

Y la pregunta de los dos millones de dólares: 

Después de hacerse escuchar, ¿qué? ¿Qué chingados sigue, caray? 

Vamos a suponer que consiguen reunir a mil ateos en una ciudad. ¿Qué van a hacer? 

  • Discutir y analizar en la escala del 1 al 10 qué tan pendejos están los creyentes.
  • Incendiar iglesias y golpear cristianos con El Espejismo de Dios.
  • Medirse el chile en un debate con un cura para que al final cada quién crea en lo que se le pegue la gana... cual debe ser.
  • Hablar –nomás por el placer de echarse un rollo - de que es necesario el ateísmo en México, cuando lo necesario es que cada quién tenga la libertad de creer o descreer como quiera. Y eso ya existe, es una realidad.
  • Sacar de la manga que según el INEGI ya hay más ateos en  México y que ¡hay qué hacer algo! Pero es falso. INEGI no dice eso. Y ustedes no van a hacer un pito.
  • Irse de peda.
  • Añorar vivir en Suecia.
  • Organizar otro congreso que acabarán haciéndolo tres personas.
  • Quejarse.


Por eso me río del ateísmo militante.

Ódienme más. Me gusta.