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jueves, 13 de junio de 2013

Mi muro, mi casa.


Mientras más le estudio, más peros le encuentro a la idea de que cualquier cosa que se comente en las redes sociales está sujeta a censura. Ya van varias veces que me comentan lo mismo: es molesto que un individuo (a quien realmente muchas veces no conocemos), se suelte como hilo de media despotricando y mentando madres contra el autor del comentario, imagen, enlace, chiste o videíto de YouTube que cómodamente se ha pegado en el muro del Feis a la espera de puro comentario autocomplaciente.

Y viene la eliminación de comentarios. Censura, a fin de cuentas.

“No te permito que me insultes o que insultes a mis amiguitos”.
(No manchen. Muchos de los amiguitos ni se conocen)

“Voy a eliminar todos tus comentarios porque es mi muro y puedo hacer lo que quiera en él”.
(Sí. De hecho sí es su muro, pero ¿eliminar comentarios? No sea chillón)

“Es una falta de respeto a MI espacio”.
(Que vale la pena preguntar: si es un espacio, ¿cuánto mide? ¡Ash! ¡Pinches positivistas!)

Pero si no es del agrado del “dueño” del muro los comentarios que puedan verter algunos megalómanos, faroles, arrogantes y, en varios casos, gente que (admitámoslo) sabe más del tema que quien lo propuso, pegó o copió, entonces ¿para qué estamos en las redes sociales virtuales?

Está bien, calmados. Todos tenemos derecho a estar papando moscas en el Feis, en el Twitter o no sé dónde más; sin embargo, sería necesario ponerle todos los candados conocidos tipo FBI para evitar que gente indeseable vaya a joder en las publicaciones que tan sesudamente hacemos. Si entonces vamos a poner candados, vuelvo a preguntar: ¿para qué estamos en las redes sociales virtuales?

¿Será cierto que un muro o página de Facebook es como “su casa”?

Veamos, planteo un escenario real: si yo invito a alguien a mi casa (neta, la de deveritas, no la “casa” imaginaria del Facebook) y nos enfrascamos en una plática de proporciones más o menos aceptables y de repente me molesto porque ese alguien dijo algo que no me gustó, es cierto que tengo el derecho levantarme de mis posaderas, aclararme modestamente la garganta e invitarlo a pasar a la chingada de ahí porque, efectivamente, es mi espacio real.

Claro que me vería sumamente mamila al correr a alguien por eso de mi casa, perdería su amistad y, peor aún, me perdería a mí (no lo quiera dios).

Pero cabe entonces la pregunta:

¿Qué tan intolerante soy a la divergencia?

Si “su muro es su casa”, ¿quiere decir que cualquier cosa que contradiga su modo de pensar en su casa real también es objeto de censura? ¿Así se comporta usted en su espacio real? No es por pasarme de criticona (bueno, sí. ¿Y?), pero gracias por no invitarme a su casa, jamás.

Así, parece que algunos librepensadores con quienes interactúo en las redes virtuales se niegan a aguantarse los librecomentarios y librepractican la libreeliminacióndeloqueescribas. ¡No libremamen!

Ahora, es muchísimo más fácil pelearse y discutir en las redes sociales virtuales durante horas con alguien a quien probablemente no conocemos en persona porque no es una interacción cara a cara: es lo que eslaonda llamar “virtual”. Ese concepto de “espacio virtual” aún no ha cuajado, no se dejen llevar por las apariencias. ¿Por qué? Bueno, ni siquiera los fenomenólogos, que son ampliamente conocidos por su flexibilidad conceptual, aceptan que las redes sociales virtuales sean un espacio como tal. Entonces, ¿qué es el espacio?

Y subrayo esta discusión sobre el concepto de espacio porque es bien entretenido observar que algunos librepensadores se rasgan las vestiduras exigiendo la definición de conceptos.

Bueno, apliquemos la exigencia en todas estas cuestiones; es gachito andar por ahí como chiflados argumentando con conceptos que ni se toman la molestia de revisar. Hay que tener cuidado con el uso del lenguaje porque, a fin de cuentas, es la única manera que tenemos para hacernos entender, especialmente en la onda virtual.

Dice Ortega Varcárcel (2000)[1] que la noción de espacio es de carácter sensorial y también material. El espacio se objetiviza volviéndose existente independientemente de los objetos que contiene y lo hacen real. Una manera de percibir el espacio es reduciéndolo a la geometría euclidiana en donde se vuelve material, geométrico y neutro, que puede contener objetos y actores o puede contener nada. Es un espacio matemático. Kant añade al espacio una categoría: es la escena de la experiencia. Esto da pie a una geografía analítica en donde no se trata de una localización absoluta sino que incluye las relaciones que se producen dentro del espacio, a modo de ubicación de los fenómenos sociales.

Sí, las redes virtuales son un fenómeno social bien chistoso. Das “likes” y curas a niños del cáncer, organizas revoluciones y depones al Presidente. Cuelgo. Cueeeelgo.

También existen nociones objetivas y subjetivas del espacio, donde éste forma parte de la humanidad, donde el espacio matemático se opone al espacio vivencial; es decir, a partir de la percepción árida y vacía del espacio euclidiano que elimina lo vivido, se recupera la relevancia de las relaciones vitales ahí desarrolladas.

Cabe señalar que lo único euclidiano que le veo a “mi muro, mi casa” es lo cuadrado del monitor o aparatito superchido.

Luego encontramos una tercera dimensión conceptual que consiste en observar al espacio geográfico como producto social, donde el espacio se transforma en una característica de la conducta humana, es producto de lo que la gente hace y piensa, de lo que le es valioso y lo que no.

¡Ya sé: el teclear es un hacer y estoy pensando al hacerlo! Okei, me retracto. No puedo ser tan optimista con los que despotrican por haber sido molestados en “su casa” y menos con los que eliminan comentarios.

Así, el espacio se produce a lo largo de la historia (es un espacio social histórico); por ello el materialismo histórico analiza al espacio observando su racionalidad y su contenido específico; es decir, las actividades que ahí realizan los seres humanos. Es precisamente este lugar, en donde estas actividades se llevan a cabo, el que se relaciona directamente con lo social, con las relaciones y formas.

Dice el chinito Tuan (1977)[2] que para estructurar el espacio se requiere de inteligencia y de la operación de nuestros sentidos. El movimiento nos ayuda a discernir sobre la dimensión del espacio en donde nos encontramos y a identificar un lugar y los objetos que se encuentran en él. El tocar dichos objetos nos remite a ubicaciones, formas, texturas y tamaños así como a posibilidades de habitar en el lugar. Así, el espacio puede experimentarse de diversas formas: “…como la ubicación relativa de objetos o lugares; como las distancias y extensiones que separan o vinculan lugares y –en forma más abstracta- como el área definida por una red de lugares…” (Tuan, 1977: 5).

Es decir, para los mi-muro-mi-casa-fans, su casa es un aparatito.
¿¡Cuántos más, Calderón, cuántos más!?

Para acabar de desagradarle a la gente que insiste en que su “muro es su casa”, en la revista “Espacios” encontré esta definición de “espacio virtual”: “El espacio virtual es otra cosa. Se construye y practica a través de relaciones impersonales. No tiene tiempo ni espacio definidos. Es global. No tiene ni principio ni final. No tiene bandera, ni himno, ni escudo. No tiene puertos y aeropuertos. Ni oficinas de inmigración. No hay que presentar el pasaporte para entrar o salir. Se trata de una forma muy diferente de entender el globo y sus naciones, la ciudad y su territorio, la sociedad y sus direcciones.”[3]

Entonces, visto que un “espacio” virtual no es estrictamente hablando un espacio, ¿qué pasa con “mi muro, mi casa”? ¿Están loquitos? Porque es una pantalla. Sépanlo.

Dicen que lo del ácido fólico sí era cierto. Come frutas y verduras. Y carne.

Nota: dicen que dijo la CIA que le importa un pepino las fotos, imagen de perfil y contenidos de sus sitios de Facebook. Que ni que estuvieran tan buenos. Dicen.





[1] Ortega Valcárcel, J., (2000): Los horizontes de la Geografía. Teoría de la Geografía, Ariel Geografía, Barcelona.
[2] Tuan, Yi Fu (1977), “Space and Place. The perspective of experience”. University of Minnesota Press, Minneapolis.