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miércoles, 16 de enero de 2013

“Ya no hay valores”, dicen las abuelitas: ¿realidad o vacilada?




El pasado 28 de septiembre se anunció en varios medios nacionales que el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) constituyeron una nueva asociación civil denominada “Educación y Formación con Valores” con el objeto de “rescatar, promover y difundir los valores en México con apego a la laicidad”, ello porque en México se vive un ambiente de violencia, corrupción e inseguridad. [1]

Esta nueva asociación tiene como público meta a la niñez y juventud mexicana y, aunque el comunicado no lo señala con claridad, es probable que los espacios donde desarrollen sus actividades sean las escuelas públicas.

El comunicado de la CEM señala que las propuestas para una formación con valores se centran en cuatro puntos:

  • Recuperar la centralidad de la persona;
  • Asegurar una educación integral y de calidad para todos;
  • Reconocer el papel fundamental de la familia; y
  • Educar en la verdad y en la libertad para promover la paz.[2]


La premisa del discurso justificativo del SNTE y de la CEM consiste en que los problemas de violencia, corrupción e inseguridad son resultado de una crisis de valores, en donde éstos son escasos o prácticamente inexistentes: “Hoy, México vive momentos difíciles, trágicos en la convivencia  la seguridad; el país vive inmerso en una espiral de violencia y descomposición social generada por el crimen organizado y la desigualdad, pecados sociales que han provocado una profunda crisis de valores y principios de carácter universal, basada en la pérdida del sentido de Dios y de nuestro compromiso para con la vida…” [3]

¿Qué tan cierto es que quienes participan en el crimen organizado han provocado esa crisis de valores? ¿Pueden sostener que los delincuentes carecen de esos principios universales o que, en su caso, son los responsables de su crisis al no reproducirlos? Veamos: podríamos sostener que la lealtad, la honestidad y la generosidad son valores humanos que podrían cambiar drásticamente la vida de un individuo, de un grupo social o de un país entero; o bien, podrían permitir el funcionamiento pleno y sin sobresaltos de cualquier organización.

Pero cabe una pregunta: ¿qué son los tan llevados y traídos “valores”?

“Los valores son principios que nos permiten orientar nuestro comportamiento en función de realizarnos como personas. Son creencias fundamentales que nos ayudan a preferir, apreciar y elegir unas cosas en lugar de otras, o un comportamiento en lugar de otro. También son fuente de satisfacción y plenitud. Nos proporcionan una pauta para formular metas y propósitos, personales o colectivos. Reflejan nuestros intereses, sentimientos y convicciones más importantes…”[4]

La lealtad es un valor conocido y reconocido en la delincuencia organizada. Un ejemplo de ello es el grupo denominado los “Zetas”, organización conformada en su mayoría, al menos al principio, por exmilitares que saben que el precio de la traición se paga con la muerte.

Otro ejemplo del cómo se valora la lealtad se muestra en las muy discutidas fracturas que se presentaron dentro del Cártel de Sinaloa, cuando la organización delictiva de los hermanos Beltrán Leyva decidió separarse de dicho cártel, terminando asilados, con varios de sus elementos en la cárcel y otros asesinados.

Con ello se muestra que la lealtad es un valor muy preciado dentro de la delincuencia organizada; sus integrantes saben bien en qué consiste y ejercen la coerción a niveles nunca antes vistos cuando alguno de sus elementos traiciona ese principio.

La honestidad, aunque se suene inverosímil, es un valor de suprema importancia dentro de las organizaciones delincuenciales. Por ejemplo, los mencionados “Zetas” tienen un órgano administrativo dentro de sus filas que se encarga de llevar cuentas claras dentro de la organización. Sueldos para los integrantes, para las policías, bonos, recompensas, la parte proporcional para las autoridades involucradas; todo ello lleva un registro preciso y, en caso de faltar a la ética, lo pagan con la vida.

Otro valor, la generosidad. Si bien el negocio del narcotráfico es ilegal, existen historias documentadas que señalan que varios y grandes capos de la droga han destinado miles de millones de pesos en obra pública en sus comunidades de origen y en otras: carreteras, universidades, alumbrado, agua potable, templos religiosos, ello sin mencionar los famosos “apadrinamientos”, cuando ellos han respondido al llamado tradicional y se presentan bien trajeados para ser padrinos en el bautizo del hijo de un amigo o pariente.

No en balde se dice que los delincuentes se inspiran en la leyenda de una figura sinaloense, Jesús Malverde, el así llamado “santo de los narcos”, que para empezar, según la leyenda cuenta, no se dedicaba al narcotráfico sino a robarle a los ricos para darle a los pobres. Dicen que murió ejecutado y se le atribuyen milagros (cosa que la iglesia católica no ha reconocido); pero la costumbre consiste en agradecerle cuando un cargamento de droga llega a su destino sano y salvo.

Tomemos nota de la diferencia de los "milagritos" que se le cuelgan a los santos. Con unos son manitas, piernitas, listoncitos... Aquí es un cañonazo de a millón.

En una sociedad sin oportunidades de empleo bien remunerado, con una ínfima calidad de vida que les obliga a cometer esos “pecados sociales” de que tanto habla la iglesia católica; una sociedad donde la gente prefiere vivir un par de años con dinero y alimento que toda una vida sin ello, está dando una señal clara de que el problema yace en las condiciones materiales de la vida diaria. “No hay valores, no hay valores”, dicen las abuelitas. Claro que hay valores, pero hay más hambre.

Según diversas entrevistas, textos publicados y análisis realizados por valientes reporteros, resulta claro que los delincuentes saben qué está “mal” y qué está “bien”, tanto dentro de su organización como en su relación externa con la sociedad. Saben que están dentro de la delincuencia organizada y que son perseguidos por ello, por tanto, lo que hacen está “mal”. Pero al mismo tiempo están haciendo un “bien” dentro de su organización ya que, por un lado, respetan y reproducen los valores de la misma y trabajan en consecuencia; por el otro, dan de comer a sus familias.

De esta manera, parecería que la delincuencia tiene sus propios valores; el problema entonces no está en la crisis de los mismos sino el ámbito y el contexto en donde se aplican. Es claro que el concepto de “valores” es mimético, es decir, camaleónico: se adapta según la dinámica de los grupos sociales, según el contexto histórico y hasta dependiendo de la geografía; no puede esperarse que todos entiendan y apliquen un valor, como la lealtad, de la misma manera porque la sociedad es heterogénea, cambiante.

Tal vez lo que se busca con esta nueva asociación es homogeneizar el concepto de “valores” para que todos piensen lo mismo cuando les hablan de esa palabra. Y si es así, ¿el Episcopado Mexicano tiene legitimidad en la materia? O sea, institucionalmente pueden decir lo que quieran, pero ¿son el ejemplo a seguir en cuanto a los susodichos valores?

Un delincuente puede ser desleal a las leyes gubernamentales pero puede no traicionar jamás a su patrón: a fin de cuentas, es un valor ¿no?




[1] Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/nacion/200371.html consultado por última vez el 08/10/2012.

[2] Fuente: http://www.cem.org.mx/index.php/component/k2/item/2201 consultado por última vez el 08/10/2012.

[3] Fuente: http://www.cem.org.mx/index.php/component/k2/item/2201 consultado por última vez el 08/10/2012.

[4] Fuente: Jiménez, Juan Carlos, “El valor de los valores en las organizaciones”, COGRAF, 1ª. Edición, Venezuela, 2008.

5 comentarios:

  1. Excelente texto, bastante bien documentado y de interés general. Felicitaciones!
    Rafael Baralt
    @raguniano

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  2. Ah, ¿Los pandilleros disfrazados de sindicato del SNTE aliándose con los religiosos? Una sorpresa.

    Los grupos delictivos están rodeados de mitos y leyendas, que les ensalzan, les vuelven un misterio atrayente a los ojos de muchos. Antes de los Zetas y otros tantos en México, está el ejemplo de Pablo Escobar, y el cómo se le admiraba basándose a veces en hechos, y otros en rumores difundidos para darle una mejor imagen.

    El ídolo criminal se presenta como un proveedor, un luchador por los oprimidos, un campeón. Sin embargo, no deja de ser exactamente como el otro polo (los funcionarios de gobierno): alguien que desea poder por el poder mismo; por ello aún teniendo un trillón de dólares, cantidad suficiente para la vida de cualquier hombre, siempre querrá más. Y lo obtendrá expandiéndose en sus operaciones delictivas, y alimentando los sueños de grandeza que varios pobres diablos tienen, haciendo que estén dispuestos a arriesgar su vida y la de sus familias, por un arma y el sentirse que son algo y que aún después de muertos jamás serán olvidados.

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    1. Lo que diferencia a los grupos criminales con los funcionarios de gobierno (como grupo social) es, por decirlo así, el cinismo. El criminal, de entrada, sabe que comete delitos e ilegalidades y ello lo presenta de una manera más cínica ("sí, soy el malote, ¿y qué?"); al contrario del funcionario que intenta cubrir sus propios delitos y seguir aparentando ser una blanca paloma. Parece que, en algún punto, ambos extremos se tocan.

      De estar sumidos en el anonimato y en la pobreza a tener cinco minutos de fama, un arma y un millón de dólares, ¿cuál opción eligen?

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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