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martes, 6 de noviembre de 2012

Hace algún tiempo publiqué este artículo en la revista atea "Paradigma". Me dio frío y utilicé un seudónimo; sin embargo, parece que (a) nadie la lee, (b) mi artículo es un churro, (c) exageré o (d) todas las anteriores.



De religión, delincuencia y el “ve con dios, hijo mío”.



Un secreto a voces es todo menos un secreto. El 24 de mayo de 1993, en el aeropuerto de Guadalajara, Jalisco (México), fue asesinado el Cardenal Juan José Posadas Ocampo. Las versiones de las autoridades mexicanas variaron entre el “fuego cruzado” entre dos peligrosas bandas de narcotraficantes y la “confusión” del objetivo. Se dice que los hermanos Arellano Félix, presuntos autores intelectuales y materiales del asesinato, creyeron que quien viajaba en el lujoso automóvil Grand Marquis era el conocido capo Joaquín “El Chapo” Guzmán. Pero no. Era un cura. 

A partir de entonces, (si no es que desde antes) la sombra del involucramiento de altos jerarcas de la Iglesia Católica con el narcotráfico comenzó a cernirse sobre la institución religiosa, considerando que también surgió el rumor de que Girolamo Prigione, nuncio apostólico en México, era el confesor de los mencionados hermanos Arellano Félix, líderes del Cártel de Tijuana. 

La inclinación de los más famosos narcotraficantes por la religión, a su muy singular modo, no es nueva ni es un secreto. Se menciona en diversas publicaciones que, por ejemplo, los capos gustan de ostentar joyas de toda clase incluyendo crucifijos que cuelgan de gruesas cadenas de oro. Otros tal vez no ostenten dichos ornamentos pero, en lugar de ello, han construido capillas y templos religiosos en diversas partes del país. 

El periodista y escritor Ricardo Reveles señala en su libro “El Cártel Incómodo” (2010) que Joaquín “El Chapo” Guzmán construyó un templo evangélico a su madre “… Consuelo Loera de Guzmán, en la comunidad de La Tuna, en Sinaloa. El templo se convirtió en poco tiempo en el centro de convenciones y ceremoniales al que acuden fieles 200 kilómetros a la redonda y que provienen de Durango, Sonora, Chihuahua, Jalisco, Colima y Nayarit…” (Proceso No. 1803, “Argentina, nuevo dominio del Chapo”, pp. 14). 

Cómo olvidar el día 30 de agosto de 2010 cuando detuvieron al famoso sicario y líder del narcotráfico mexicano Edgar Valdez Villarreal, “La Barbie”, relacionado con los hermanos Beltrán Leyva del Cártel del Pacífico. Las fotografías que tomaron del interior de la cabaña donde se refugiaba muestran que “La Barbie” tiene también sus creencias religiosas:



Igualmente, son conocidas las fastuosas ceremonias religiosas y la construcción de verdaderos mausoleos en honor a los capos caídos en el “cumplimiento de su negocio”.




Escándalo reciente ha sido la construcción de una nueva capilla en Pachuca, Hidalgo, la cual ostenta una placa de agradecimiento dedicada a Heriberto Lazcano, mejor conocido como “El Lazca”, líder del cártel mexicano de los Zetas: “Centro de Evangelización y Catequesis Juan Pablo II. Donado por Heriberto Lazcano Lazcano”





No obstante el despliegue de recursos destinados a asegurarse un lugar en el cielo, diversos sacerdotes señalan que han sido obligados a oficiar misas en las ceremonias de los narcotraficantes a cambio de cañonazos de miles y miles de pesos. Varios se han negado y, lamentablemente, ya no viven para contarlo. 

El vocero del episcopado Manuel Corral, a manera de explicación, señala que “…las 60 mil capillas del país son el flanco más débil por el que se puede colar, o se está colando, el dinero del narcotráfico, ya que el aparato burocrático del episcopado no tiene control administrativo sobre ellas…” (Proceso No. 1775, “Templos con olor a narco”, 7 de noviembre de 2010). 

Ante todo, aunque los narcotraficantes se hagan de recursos en y mediante el delito, no cabe duda de que sus creencias tradicionales no se han visto permeadas por alguna clase de irreligiosidad o herejía. Ya sea que dediquen sus oraciones en devoción a la Santa Muerte, a Jesús Malverde o a Jesucristo, es obvio que ello no los vuelve ni más buenos ni más malos. Simplemente son creyentes por aprendizaje. 

La gran mayoría de las historias de vida de los capos más famosos inician en un entorno de pobreza, ignorancia y desesperación, lo cual no justifica su inmersión en la delincuencia organizada pero sí la explica. Es conocido que mientras más pobreza y desesperación exista, mayor inclinación tendrá la gente hacia las creencias religiosas; este fenómeno es claro en México. 

Los delincuentes, se quiera o no, también forman parte de la estructura de la sociedad y podrían ser analizados desde el punto de vista de la anomia, pero no por ello están fuera del tejido social. Ello les transforma en receptores y transmisores de las mismas tradiciones y creencias. No se puede aseverar que “por culpa de la religión” los criminales son lo que son, pero tampoco las instituciones religiosas pueden desentenderse de este asunto. 

Ya sea mediante la confesión, las “narco-limosnas”, la construcción de templos o la presencia de símbolos religiosos, con lo que pretenden los delincuentes ganar su pasaporte al cielo, el fenómeno de la narco-cultura y el problema de la delincuencia organizada no puede explicarse a través del “satanismo”, la “herejía”, el “ateísmo” o con la simplista “carencia de valores religiosos”. Los narcotraficantes tienen sus creencias y valores religiosos y ello no los detiene en absoluto.

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